
A lo largo de mi vida he escuchado más de una vez: ¡Qué suerte tienes! y siempre he pensado lo mismo, la suerte es para quien se la trabaja, o lo que es igual, si yo no hubiese hecho montones de esfuerzos por mi parte, nadie me hubiese dicho nunca tal frase.
Y es que es muy fácil juzgar. De pequeña, era de aquellas personas a las que le gustaba ahorrar, eso las pocas veces que tenía algo de dinero, que eran muy pocas, bueno como el resto de mi vida. El dinero se va con muchísima facilidad y viene con mucho esfuerzo. No os voy a repetir que me casé muy joven, con 19 años, y desde entonces empecé a valorar en su justa medida lo que significa tener un sueldo miserable para pasar un mes pagando alquiler, luz, agua, teléfono... todo eso que es crucial para vivir (bueno el teléfono no lo considero tan crucial, la verdad es que a mi siempre me ha molestado). Cuando iba a comprar siempre buscaba el lugar donde era más barato, aunque eso significara andar un poquito más, no tenía caprichos, ni TV, ni aparatos de música de ultima generación, ni video consolas, ni ordenadores, ni cenas, ni almuerzos en bares o restaurantes, y los domingos normalmente me quedaba en casita, con mi pareja, porque no entraba en mi cabeza el gastar lo que no tengo. Me costó horrores hacerme a la idea de que tenía que pedir una hipoteca para comprarme una vivienda, ¿cómo iba a pagar yo ese dinero durante toda mi vida? Siempre pensé que es el gran engaño de este país donde todo el mundo quiere ser propietario ( a diferencia de Europa, donde la mayoráía de la gente vive de alquiler y no les pasa nada), muchos decían: Yo no voy a estar pagando un alquiler toda mi vida para después no tener nada..., si pago una hipoteca al final el piso es mío... Y yo digo, ¿cuándo? ¿cuándo tenga 70 años y sólo me quede ir al asilo porque mis hijos no se pueden ocupar de mi al igual que yo no me ocupé de ellos cuando eran pequeños porque tenía que trabajar? El piso, la casa, no nos engañemos, nunca llegará a ser nuestra. Y nuestros hijos, a saber lo que harán con su vida y con nuestra casa.
Pues bien, toda mi vida ha estado marcada por la austeridad, comprar lo barato y salir poco para poder llegar a final de mes. Mi mayor preocupación era pagar todos los recibos que tenía y con lo que me quedaba pasar, más bien mal que bien, el resto, hasta que llegara de nuevo el sueldo. Y os aseguro que he tenido meses muy malos, de tener menos de doscientos euros desde principio a final de mes. Eso sí, cuando he tenido un ingreso extra, he hecho algunos viajes por Europa, pero siempre por ingresos extras como una devolución de hacienda, por ejemplo. Mis hijos tuvieron la video consola cuando hicieron la comunión, regalo de algún pariente, y los ipods, mp3 o telefonos mobiles por su cumpleaños. No he podido permitirme gastos extras por que sí. Y no me quejo de la vida que he tenido, lo he pasado mal pero me ha enseñado que no todo es ji,ji, ja,ja, que hay momentos buenos y malos, y que si no los hubiera malos, no podríamos valorar en su justa medida los buenos.
La cosa se complica cuando te llama un amigo y te dice, llorando como un desconsolado que si le puedes dejar dinero. Buf! mi sentido de la amistad y del favor se dispara, lo está pasando verdaderamente mal, aunque tengan dos sueldos y los mismos gastos (o menos, o más) que yo con un solo sueldo. ¿Qué haces si te lo pide llorando? Pues ese dinerillo que tenías reservado para cambiarte la nevera o la lavadora se va a ese amigo que lo necesita, aunque eso te cueste una pelea con tu pareja que no entiende porqué tú, que siempre has ido hasta el cuello, tienes que dejar dinero a alguien que no acostumbra a privarse de nada. Pero yo soy así. Y te dice (y tú le dices a tu pareja)"No te preocupes que te lo devuelvo el mes que viene" (me lo devuelve el mes que viene) Y llega el mes que viene, y el otro, y el otro y el dinero no regresa y la nevera cada día enfría menos. Con un poco de suerte, a los seis meses consigues que te lo devuelva, eso sí, sin decirle en ningún momento que tú lo necesitas para que no se enfade. Para eso estamos los amigos. Y es entonces cuando, el dinero lo fabrica el diablo, cuando el amigo se siente culpable por haberte pedido dinero, le remuerde la conciencia pero en vez de sentirse mal él, te echa la culpa a ti de sus desgracias e irremediablemente acabas perdiendo al amigo. Eso sí, no le recuerdes nunca que le has dejado dinero, porque entonces pasas a ser una persona resentida, mala y mezquina.
O sea, que te pongas como te pongas, acabas recibiendo y siendo el malo de la película. No me quejo, por eso, la culpa es mía y solo mía por confiar en que todavía hay gente por la que vale la pena luchar y sacar adelante una amistad.